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lunes, 26 de agosto de 2013

Taipei, día 1: primeras impresiones

Después de casi tres días enteros yendo de avión en avión, he llegado a Taipéi. Al contrario de lo que pensaba, es un sitio bastante normal. Como nunca antes había estado en Asia, esperaba encontrarme con una especie de sub-planeta lleno de taiwaneses semi-extraterrestres, pero eso está bastante lejos de la realidad. Durante el viaje, experimenté algún breve momento de debilidad física y mental extrema en el que deseé con toda mi alma teletransportarme a mi casa, pero ahora me siento preparada para todo lo que venga. La verdad es que venir a este país sola y chapurreando cuatro palabrejas en chino es una aventura más grande de lo que esperaba, pero por alguna extraña razón parece que hacer amigos que hablen chino de una manera decente es algo que surge incluso aunque no lo busques. Es fácil sentirse tranquila y segura en Taipei, porque si te pierdes siempre aparece algún desconocido amable y sonriente dispuesto a ayudarte. Tienes la sensación de que si te pierdes alguien aparecerá para salvarte.


Lo primero que llama la atención de este sitio es su calor inhumano. Aunque nunca he estado en una, estoy segura de que el calor que hace aquí es como el de una sauna. De hecho, cuando llegué al aeropuerto y lo noté, pensé que me había caído alguna cosa dulce y pegajosa por las piernas, porque esa es la sensación que provoca el calor de Taiwan, que además a menudo está acompañado de lluvia. En cuanto me metí en el autobús para llegar a la Main Station de Taipei, supe que no podría vivir sin paraguas, y, al llegar al hotel y ver que me seguía asfixiando de calor, supe que no podría vivir sin ventilador. Son dos cosas imprescindibles para vivir en Taiwan. Aunque ni siquiera llevo un día entero aquí, tengo la sensación de que el efecto purificante del agua y el jabón dura poco.

Por otro lado, lo bueno de Taipei es que, al contrario que en Pekín (en donde sólo pasé un día escaso sin ni siquiera salir del hotel y del aeropuerto, y creo que con eso tuve más que suficiente) la gente se molesta en intentar hablarte en inglés, te saluda, te sonríe y si hablan inglés al menos existe alguna posibilidad real de entenderlos y que no parezca que te están hablando en chino.

Tal y como dicen en todas partes, es raro que los taxistas hablen inglés, pero si vienes preparada y traes la dirección que necesitas apuntada, eso no debe ser un gran problema. Para mí lo peor hasta ahora no han sido mis torpes intentos de comunicarme, sino usar el dinero. Para una europea que está acostumbrada a usar euros, es inconcebible que un billete de 100 NTD (New Taiwanese Dollar) equivalga a unos dos o tres euros. Cada vez que compro algo y uso un billete, tengo la sensación de que me estoy quedando sin blanca. 


Una cosa que no me ha gustado es que por la calle pululan unos bichos enormes no identificados que a mí me recuerdan a las ratas por la manera furtiva en que corretean, aunque en realidad son bastante más asquerosos que cualquier rata. También hay muchos caracoles que para mí tienen una forma curiosa, porque su concha es como la de las caracolas de mar y además algunos son enormes. Sin embargo, no me disgustan. También he descubierto un nuevo miedo: las cucarachas taiwanesas. Son unos bichos amarillentos y enormes. Sólo vi una, pero me ha impactado. No soy el tipo de persona que grita al ver bichos insignificantes, pero las cucarachas taiwanesas se merecen todos los gritos del mundo. 

Por último, debo decir que los orientales ni son todos iguales ni son feos, y eso que apenas he pasado unas horas escasas en Taipei y en el aeropuerto de Pekín. Hay muchos chicos guapos y además se pueden distinguir los unos de los otros perfectamente. Tal vez a los occidentales nos parezcan iguales porque no nos molestamos en prestarles demasiada atención.

Como ya he dicho, sólo llevo unas horas en Taipei (y además debería estar durmiendo hace mucho tiempo) así que aún no tuve muchas primeras impresiones, y las que tengo son muy vagas, pero espero tener muchas cosas buenas que escribir de Taipei muy pronto. 

viernes, 2 de agosto de 2013

Primeras impresiones de los taiwaneses desde Galicia

Hace un par de semanas, una amiga de Coruxo (Vigo) me invitó a un festival de folk en el que participaba un grupo de danza taiwanés que se llama Chinese Arts Dance Ensemble. Como me voy a ir a estudiar a Taipei dentro de muy poco, no me lo pensé dos veces y fui a ver a este grupo para acercarme más a la cultura taiwanesa y con la esperanza de poder hablar con algún taiwanés para asegurarme de que las cuatro cosas que sé decir en chino son inteligibles. 

Los taiwaneses tienen fama de ser amabilísimos y encantadores, sin embargo a mí me dio la sensación de que son algo sosillos, especialmente los chicos. Parecen bastante tímidos y además tienen una expresión de eterna serenidad un tanto irritante, y, de hecho, yo todavía no tengo muy claro si me sonreían de verdad o si esa es la cara que tienen siempre. Sospecho que tal vez sean las dos cosas, pero aunque sus sonrisas no sean falsas, los hacen inexpresivos de una manera extraña y eso resulta un poco enervante. Esto no significa que me hayan causado mala impresión ni mucho menos, y sé que no me puedo basar en un contacto mínimo con un grupo reducido para juzgarlos a todos, pero debo admitir que esperaba que fueran un poco más vivaces y que pensé que mostrarían más interés por hablarme, ya que dicen que a los taiwaneses los occidentales les parecemos muy exóticos (y yo, con mi pelo teñido de siete colores puedo decir que las tengo todas para parecer exótica) y les encanta relacionarse con extranjeros. 

Lo que sí me sorprendió, por cruel que sea decirlo, es lo guapos que son. Esperaba encontrarme con una especie de esperpentos, pero esperaba mal. No podía quitarles los ojos de encima. Tienen una delicadeza en la mirada y en los gestos que no es fácil de expresar, y creo que no exagero en absoluto si digo que es difícil  determinar si las chicas son adultas o apenas tienen diez años. Uno de los chicos tenía unos ojos negros y alargados muy profundos, y supongo que debe proceder de alguna tribu de aborígenes taiwaneses porque su pinta era bastante diferente de la de los demás. Y como no se me ocurre mucho más que escribir porque las dos palabras que intercambié con ellos no dieron para mucho, compartiré la única foto que tengo de esa noche, porque una imagen vale más que mil palabras.