domingo, 3 de septiembre de 2017

30 de octubre de 2016: Vacaciones en Seúl

Seúl es una ciudad a la que le tenía ganas desde hacía mucho, muchísimo tiempo, así que aproveché la visita de una amiga a Taipei y fuimos juntas cuatro días. Poco nos imaginábamos las sorpresitas que esta ciudad nos tenía guardadas: entre otras cosas, por desgracia ella tuvo un accidente y a partir de ahí todo lo que tuvimos fue mala suerte. Tanta, tanta mala suerte que llegó un momento en que nos reíamos porque parecía que solo faltaba que un piano nos cayera encima. Pero a pesar de nuestras desgracias, pudimos sacar provecho de nuestras vacaciones y os aseguro que lo poquito que vimos de esta ciudad nos enamoró completamente. 

El primer día visitamos la preciosa Buckon Hanok Village por error, pues en un principio se suponía que nos dirigíamos al Palacio Gyeongbuk, pero le di la dirección equivocada al taxista y de repente estábamos allí. No nos importó porque también estaba en nuestros planes, y fue una visita deliciosa. Como su nombre indica, Hanok Village es un espacio donde todavía se conservan casas tradicionales coreanas, llamadas hanok, que están hechas de piedra, madera, y papel de arroz (sospecho que en su gran mayoría son reconstrucciones porque todo quedó arrasado tras la guerra, y creo recordar que incluso un señor nos comentó este detalle cuando estuvimos allí). Aunque se trata de una zona tranquila en una colina, la Hanok Village está llena de vidilla y muchas de sus casitas son centros culturales, guest houses, cafeterías, casas de té, etc. El ambiente es muy relajado y se pueden ver algunos turistas llevando hanbok, el vestido tradicional coreano. Originalmente, supongo que debido a su proximidad al Palacio Gyeonbuk, era la residencia de la nobleza, pero con el paso de los años terminó habitada por plebeyos. Hoy en día se conservan unas 900 casas. Fue un placer perderse por sus intrincados caminitos, y es uno de mis sitios favoritos en todo Asia. 





Después de nuestro breve recorrido en Hanok Village, un ángel caído del cielo (os contaré los detalles en otro post) nos llevó a Insadong, una calle comercial cercana que es el paraíso de todo turista ávido de souvenirs y que a ambas nos pareció el paraíso. Para mí el souvenir más tentador fueron las máscaras coreanas, pero sin duda lo que más llamó mi atención fueron los preciosos hanbok que vimos en algunos escaparates. Pero además, la calle de Insadong también es un pequeño centro cultural, ideal para comprar artesanía o, según dicen, cuadros. De hecho, antiguamente era una zona de pintores. Hicimos unas pequeñas compras y nos volvimos al hotel a reponer las pilas para el día siguiente, que era el último que nos quedaba. 


Al día siguiente visitamos el precioso Palacio Gyeongbuk, donde además pudimos ver la ceremonio de cambio de guardia. Construido en el siglo XIV, sirvió como hogar a los reyes de la dinastía Joseon (la última dinastía coreana) y tuvo que ser reconstruido varias veces, por eso ahora tiene ese aspecto tan nuevo (la última reconstrucción fue en 1989, después de que los japoneses lo hicieran polvo durante la época de ocupación japonesa). A pesar de la sobrecarga de turistas, al igual que la Hanok Village nos pareció un sitio encantador. 




Terminamos el día y también el viaje en el sueño de todo amante del maquillaje: la calle Myeongdong o calle de los cosméticos, como la llaman algunos. Yo no estoy muy puesta en estas cosas, pero mi amiga es experta en maquillaje y cosméticos y los ojos le hacían chiribitas. A mí no me entusiasman, pero Myeongdong me gustó igualmente, ya fuera por el ambiente, la comida callejera, o las luces de neón de los imponentes edificios. En realidad, el nombre Myeongdong no hace referencia tan solo a la calle de los cosméticos, pues se trata de la zona de compras más grande de Seúl y también una de las más caras del mundo. 





En definitiva, creo que no hubo nada que no me gustase de Seúl, excepto la increíble mala suerte que tuvimos desde el minuto que llegamos hasta que nos fuimos. Por lo demás, la considero una de mis ciudades favoritas, es súper moderna pero sin perder su identidad y por momentos me sentía como si estuviera en Nueva York. Espero volver pronto. 

Diez de octubre de 2016: Templo Cao Dai y Túneles Cu Chi

En nuestro tercer día en Vietnam hicimos un tour que me apetecía mucho: visitamos el templo Cao Dai y los legendarios Túneles Cu Chi. A pesar del fiasco en el Mekong Delta el día anterior, contratamos la misma agencia, The Sinh Tourist, por pura pereza. A fin de cuentas, todas son iguales a menos que estés dispuesto a apoquinar una buena suma. Nos llevamos una sorpresa cuando llegamos al punto de recogida y descubrimos que íbamos a tener el mismo guía. Él nos reconoció y sonrió. Nosotros también nos reímos, pero este tour fue mucho mejor y el guía colaboró un poquito más. 

Tras dos horas de autobús, llegamos al templo Cao Dai, en el pueblo de Tay Nynh. La Cao Dai es una religión vietnamita fundada en 1926 y cuenta con millones de adeptos. Grosso modo, podría describirse como una "mezcla" de las creencias de las religiones más practicadas en el mundo, y sus seguidores adoran a santos tan pintorescos como Víctor Hugo o Sun Yat Sen, y también a Confucio, Buda, Jesucristo, y a los ancentros. Su objetivo es promover la tolerancia porque creen que todas las religiones tienen una base común. Toma una fuerte influencia del budismo y el confucianismo, pero por ejemplo su jerarquía de sacerdotes está inspirada en la de la Iglesia Católica. Es una religión muy compleja que incluye meditación, rezos, evitar comer carne al menos diez días al mes, etc. Los caodaístas creen que Dios se ha manifestado de diferentes maneras a lo largo de la historia, pero que esencialmente siempre ha sido el mismo. También creen en el karma y la reencarnación. Al igual que los católicos, los cadaoístas tienen su propia "misa", que se celebra cuatro veces al día y que está abierta a los turistas, que pueden observar cómo los creyentes rezan desde un balcón. 


Antes de que la ceremonia empezase, tuvimos la libertad de explorar el templo por nuestra cuenta. No pudimos entrar por la entrada principal, y hombres y mujeres deben usar entradas diferentes y quitarse los zapatos. La cantidad de símbolos religiosos es abrumadora: aparecen Jesús y la Virgen, pero las columnas también están decoradas con dragones chinos y en el altar están, si no recuerdo mal, Jesús, Buda, Mahoma y Guanyu, el dios chino de los negocios, la lealtad y la guerra. En el centro se encuentra el ojo del "supreme being" o, en otras palabras, el ojo de Dios, que es el símbolo por antonomasia de esta religión y que se representa rodeado de un triángulo, aunque en el altar aparece en un círculo en medio del mundo. Mientras estuvimos dentro, nos vigilaron y no nos permitieron estar en ciertas zonas porque al parecer son sagradas. 






Cuando la misa de las doce empezó solo pudimos observar desde el balcón, donde estaban los músicos. Desde allí me di cuenta de que todos llevaban trajes de diferentes colores dependiendo de sus rangos y hombres y mujeres se sentaban en lados diferentes. La ceremonia dura 45 minutos y es bastante repetitiva, así que pronto nos fuimos. 




Después de comer, continuamos nuestro viaje hacia los túneles Cu Chi y literalmente nos perdimos por el camino. Fue curioso porque el guía nos había dicho que el conductor tenía más de diez años de experiencia. Nos perdimos por esa carreteras dejadas de la mano de Dios y se pararon a preguntar varias veces. Fue un show, y el bus daba tumbos sin cesar. ¡La peor carretera de mi vida! 

Los Túneles Cu Chi resultaron muchísimo más interesantes de lo que jamás había creído, y fue en este momento que definitivamente empecé a sentir admiración por Vietnam. Cu Chi podría considerarse una especie de museo al aire libre, y es ideal para hacerse una idea de las penurias que pasaron ambos bandos en la Guerra de Vietnam. Está situado en plena jungla y se pueden ver las trampas que los vitenamitas preparaban para los americanos, y cómo sobrevivían en pésimas condiciones, viviendo en túneles estrechísimos y ultra claustrofóbicos bajo tierra. Los vietnamitas fabricaban sus propias armas caseras, y tanto mujeres como hombres fueron activos en la Guerra. 








Por increíble que parezca, los túneles que podemos ver hoy en día han sido ensanchados para los turistas y se puede entrar a hacer un pequeño recorrido. Yo me proponía hacerlo, pero cuando vi lo estrechos que eran no pude. E hice bien, porque mi novio lo probó y me contó que es mucho más duro de lo que parece y es imprescindible estar en buena forma. Además, su guía se perdió e hicieron un tramo más largo del que deberían mientras los cobardes esperábamos fuera, un poco preocupados. Sea como fuere, es una experiencia altamente recomendable y muy enriquecedora. Es muy interesante estar en ese ambiente, una incluso puede entender cómo los americanos perdieron la Guerra a pesar de su sofisticada tecnología. 

Nueve de octubre de 2016: tour maldito en el Mekong Delta

El Mekong delta es el destino anhelado por todo turista que se aventura a explorar el sur de Vietnam. Pensad en bosques de palmeras, calor tropical, ríos de agua marrón, botes llevados por señoras con sombreros cilíndricos, y tendréis la estampa típica vietnamita. Muchos extranjeros esperamos una experiencia exótica en el famoso Mekong delta, pero en realidad si se opta por una agencia de viajes barata el tour no es más que un circo. 

Ha llegado la hora de que me una el club de la gente que se queja de lo horribles que son los tours del Mekong delta. Todas las quejas sobre las que leí en Internet se hicieron realidad, aunque por suerte iba preparada para todo y supe tomármelo con humor. El tour del Mekong Delta está considerado por muchos como el tour "trampa" o "tourist trap". Y yo no podría estar más de acuerdo. 

Bien es sabido que Vietnam es un país pobre y que muchos de sus ciudadanos dependen del turismo para ganarse la vida. En este tour esto se face más evidente que nunca. Básicamente, lo que se supone que debería ser algo cultural y didáctico es sólo una estrategia comercial, una invitación descarada al consumismo (resulta irónico en un país semi comunista como Vietnam). Pero para que entendáis mis quejas explicaré directamente en que consistió mi tour con la agencia The Sinh Tourist, que se encuentra en el centro de Ho Chi Minh City. 

Contratamos nuestro tour con la The Sinh Tourist un día antes y nos costó unos diez euros. El tour incluye el viaje de una hora y media en autobús, el paseo en barco, comida de estilo vietnamita, y paseo en botes tradicionales vietnamitas. Con este precio, sabía que no debía esperar mucho, pero he de quejarme de todas maneras. 

En primer lugar, nuestro "guía" no hablaba bien inglés. Nosotros no lo entendíamos y él tampoco a nosotros. Sus "explicaciones" fueron escuetas y vagas, en ningún momento se ofreció a contestar preguntas y parecía estar allí para pasar el rato. No se podía contar con él para nada y además no esperaba por las personas. No me pareció maleducado, simplemente no me gustaba la manera en que trabajaba: se le veía demasiado relajado. De todo lo que decía solo entendíamos la palabra "coconut", que repetía una y otra vez. 

Por otro lado, el 90% de paradas fueron en sitios donde pretendían vendernos algo. No aprendimos absolutamente nada sobre lo que estábamos visitando, sino que nos dedicamos a ir de tienda en tienda, todas camufladas como "fábricas" de las que no vimos absolutamente nada: sólo nos daban a probar algo de comer y después la gente se amontonaba para comprar.  A mitad del tour estábamos agotados de este circo y sólo queríamos ir a casa. Nuestra primera parada fue en una "fábrica" de tostadas de coco, después, en una tienda de souvenirs, tomamos nuestro almuerzo y continuamos en 
una "fábrica" de miel donde lo único que hicimos fue ver un panal de abejas y probar un té con miel que tenía hormigas. Todo esto caminando en el calor tropical, así que fue un poco desesperante. 



Después de todas estas paradas, por fin llegó el momento que todos estábamos esperando: el paseo en bote por el Mekong Delta. Pero para llegar al río había que ir en un carro llevado por unos caballos en pésimas condiciones, y nos negamos a montar. Junto otro grupo de personas, en su mayoría taiwanesas, nos hicimos el recorrido a pie. Antes de hacer el paseo, tomamos una pequeña merienda con fruta y música tradicional vietnamita. A mi novio le pareció horrenda, pero a mí me gustó. La señora cantaba en directo y no lo hacía mal, pero cuando antes de irnos nos pidieron propinas nuestro sobre, si no recuerdo mal, quedó vacío. El paseo en barca fue muy agradable: realmente estábamos en medio de la selva. Las señoras que remaban nos exigieron una propina, y por último hicimos otra parada en otra "fábrica" que vendía unas chucherías de coco que casi todos compramos. 







Tal vez os hayáis quedado con la sensación de que mi descripción del tour está incompleta, pero realmente esto fue todo lo que hicimos. Durante los primeros minutos, fuimos todos en un barco grande desde el que también se apreciaban las vistas del Mekong Delta. Dio la casualidad de que de repente cayó una lluvia tropical que daba miedo, y temí que nuestro tour se arruinase, pero en realidad ya estaba arruinado desde un principio. Por lo demás, también tuvimos que caminar cada vez que hacíamos "paradas". 





En conclusión, ¿vale la pena este tour? En realidad sí. Solo hay que ser paciente y tomarlo con humor. 

sábado, 2 de septiembre de 2017

Ocho de octubre de 2016: Ho Chi Minh City

Vietnam nunca fue un país realmente atractivo para mí, pero se acercaban unas vacaciones y salir al extranjero se había convertido en una tradición, así que aproveché la exención temporal de visado para españoles (que por cierto sigue estando vigente, los españoles podemos entrar sin visado hasta el 30 de junio de 2018) y los precios ridículamente baratos de Vietjet Airlines y me metí en un vuelo rumbo Ho Chi Minh City.

Escogí Ho Chi Minh, también conocida como Saigon, porque está considerada la ciudad más próspera de Vietnam, y también la más segura. Aunque ahora me avergüenza admitirlo, tenía muchos prejuicios contra la capital, Hanoi.

Ho Chi Minh es una ciudad pequeña que se puede explorar a pie. Conserva una cantidad decente de edificios de la era colonial francesa y es famosa por sus museos. Llegamos allí al mediodía y, después de dejar las maletas en el hotel, empezamos nuestro recorrido. Creo que fue en este momento cuando me llevé el primer mini shock cultural: el personal del hotel nos atendía a medias. Lo hacían todo con pachorra y lentitud y charlaban y se reían entre ellos como si estuvieran en un bar en vez de trabajando. Pronto me di cuenta de que no era un caso aislado, más bien al contrario: es la norma en Vietnam.

Nuestra primera parada fue en el famosísimo Mercado Ben Thanh, donde tomamos unos fideos fritos con pollo por un precio ridículo. Es el mercado más turístico de la ciudad, por eso algunos lo tachan de ser poco "real". Yo no estoy realmente de acuerdo, pero algunos vendedores se hacían pesados por momentos. El espacio para moverse era mínimo y como no, fue una experiencia caótica y agobiante donde regatear es imprescindible. Abundaban los souvenirs y sobre todo había mucho café barato que los vendedores intentaban colar a turistas inexpertos. Pero lo que más nos gustó fue el delicioso postre que nos tomamos sentados en taburetes de plástico antes de irnos. Se sirve en un vaso de tubo y se come con una cuchara. Se trata de una mezcla de frutas tropicales, flan, y otras cosas que no fuimos capaces de identificar. Más tarde vimos este postre en otros sitios con ingredientes diferentes, así que no me quedó claro si estábamos ante algo totalmente diferente o simplemente habían cambiado los ingredientes. El edificio del mercado, a todo esto, también fue construido por los franceses en 1859, aunque el mercado ya existía antes de su llegada y el edificio actual ha sido reconstruido.






A nuestro breve e intenso paseo por Ben Thanh le siguieron visitas a distintos puntos turísticos de la ciudad. Básicamente hicimos un recorrido por todos los edificios emblemáticos: la basílica de Notre Dame, donde ni siquiera pude entrar porque estaban en misa, la preciosa Opera House, donde tuvimos la suerte de ver una boda vietnamita con mujeres vestidas en ao dai amarillos y conduciendo motos, y el Ayuntamiento de Ho Chi Minh, una zona con un ambiente más chic y elegante que el resto de la ciudad, y donde vimos ver una estatua del propio Ho Chi Minh, que le da nombre a la ciudad. Al tratarse de un sitio pequeño, hicimos todo a pie y fue muy relajante a pesar de las motos, el ruido y el calor. 











Para el cuarto día dejamos un par de sitios que también son importantes: la enigmática Oficina Central de Correos de arquitectura colonial, que está al lado de la Basílica de Notre Dame y fue diseñada por Gustave Eiffel, el War Remnants Museum y el mercado de Binh Tay. Mi intención era mandar postales desde la oficina, pero estaba rebosante de gente y el ajetreo me quitó las ganas. 





Por otra parte, el War Remnants Museum me decepcionó bastante. No tiene nada que ver con el hecho de que el edificio sea muy básico, pero el contenido me pareció insuficiente. Me ha parecido demasiado visual y muy poco explicativo. En ningún momento se explica el origen de la guerra o sus consecuencias. El primer piso lo ocupan pósters anti-guerra de la época, noticias de periódicos, etc. mientras que en el segundo había paredes cubiertas de fotos sobre la guerra y también de víctimas del agente naranja, que puede afectar a más de dos generaciones. También había algunas armas, pero no me pareció del todo instructivo y me fui con una sensación de vacío. 






El mercado de Binh Tay tampoco me gustó especialmente. Fui allí buscando una experiencia más auténtica porque en teoría está libre de turistas, y de hecho lo estaba, pero la higiene brillaba por su ausencia y no vi nada interesante. 




Tal vez os preguntéis por qué no visitamos la Bitexco Financial Tower, otro gran icono de la ciudad. Lo cierto es que hicimos un intento por tomar una copa allí, y fue un gran fiasco. Nos subimos al ascensor para ir al bar EON51 y cuando entramos no supimos cómo reaccionar. Había música pachanguera en directo y las bebidas del menú eran carísimas. Obviamente esto era de esperarse, pero no contábamos con que los cristales de las ventanas estuvieran parcialmente ahumados (o asquerosamente sucios, no lo teníamos muy claro) y no hubiera vistas por ningún lado. Aunque el servicio era impecable, la música pachanguera no es lo nuestro y los taburetes eran increíblemente incómodos, así que saqué el valor de decirle al camarero, que esperaba pacientemente a nuestro lado para que pidiéramos algo que aquel sitio no era lo que estábamos buscando y nos fuimos. Una vez fuera intentamos comprar entradas para el Saigon Skydeck, pero ya había cerrado. 

Para poner la guinda en el pastel a nuestro viaje, acudimos a un show de teatro de agua vietnamita, que no me quería perder por nada del mundo. En Ho Chi Minh hay un teatro que se llama The Golden Dragon Water Puppet Theatre, y allí nos dirigimos para ver una función de una hora. Aunque es todo en vietnamita y no nos dieron ni un mísero folleto explicativo, fue bastante ameno. La música y los diálogos son todos en directo, y las danzas de dragones y aves fénix en el agua fueron especialmente espectaculares. Se utilizan marionetas de madera y las personas que las manejan se mantienen fuera del escenario en todo momento. Las historias están basadas en leyendas vietnamitas y tienen un fuerte toque folclórico. 



En general, nos llevamos una buena impresión de Ho Chi Minh y nos pareció una ciudad segura. Aun así, cruzar la calle era un deporte de riesgo, ya que los semáforos son casi inexistentes, aunque personalmente a mí me gustaba aquella sensación. Otra cosa que llamó mi atención al momento fue que la ciudad entera estaba empapelada de propaganda comunista, mucha de ella con la cara del Tío Ho. Por otro lado, una de las cosas que más me gustaron de Ho Chi Minh fue el ambientillo que había de noche: muy cerquita de nuestro hotel, en la backpackers area, había una zona de copas dominada por extranjeros con restaurantes que ofrecían todas las comidas y bebidas imaginables a unos precios de risa y con una calidad bastante aceptable. Entre otros platos deliciosos, tomamos mucho pho, los fideos tradicionales vietnamitas, que se sirven con lonchas finas de ternera y varias hierbas que le dan un sabor y olor deliciosos. Además, si vais a Ho Chi Minh, no dejéis de tomar una taza de café en Highlands Coffee, el Starbucks vietnamita del que por cierto no vi ni rastro en Hanoi meses después. 





Termino la entrada dejando caer que perdí las fotos de este viaje y he tenido que recurrir a mi álbum de Facebook, así que la calidad es especialmente mala :/ 

sábado, 19 de agosto de 2017

19 de agosto de 2017: Toiler on the Sea

Queridos lectores: 

¡Sigo teniendo TANTAS cosas pendientes por contaros! Pero he estado tan ocupada desde mayo que no doy abasto. Mi rutina diaria es la siguiente: llego a casa a las nueve de la noche todos los días y me levanto a eso de las 7:30 - 8:00. Cuando llego a casa, me permito un descanso de una hora escasa y me pongo a estudiar chino hasta la una o dos de la mañana y duermo una media de seis horas. Tal vez os preguntéis a qué se debe este ajetreado modo de vida si ni siquiera he empezado la universidad. ¿Para qué estudiar sin tener clase? Básicamente soy de esas personas que les gusta sufrir antes de llevarse el batacazo real. Por eso, desde julio estoy intentando coger la costumbre de estudiar por las noches, ya que cuento con la posibilidad de volver a casa muy tarde una vez empiece los estudios. Cada día, me preparo mi propio schedule y apunto las cosas que debo estudiar antes de acostarme. Lo más común es escribir 300 caracteres por noche, hacer una redacción, leer un artículo en chino, tratar de entenderlo y buscar las palabras que no sé, y por último ver al menos un vídeo en chino (normalmente dibujos animados, que se hacen más llevaderos y hablan con más claridad) y apuntar las palabras desconocidas para estudiarlas después. 

Empiezo las clases en la NTNU el once de septiembre y llevo meses estudiando, pero no fue hasta julio que empecé a ser más dura conmigo misma. Ahora, siento que el tiempo se me escapa de las manos. A medida que se acerca el momento me pongo más nerviosa. Estoy tan familiarizada con el sistema educativo taiwanés que literalmente siento pánico. Es como ser concursante en un programa del estilo El rival más débil. Por momentos me siento orgullosa y segura de mí misma, y en un segundo todos esos sentimientos se esfuman y vuelven mis viejas inseguridades. Aún no he empezado la carrera y me estoy quedando calva del estrés. Mi objetivo es ser aceptada en el grupo C, pues ya os conté que en mi carrera, Chinese as a Second Language, nos dividen en tres grupos dependiendo de nuestros niveles. El grupo C es el de nivel más alto. 

Además, yo tengo un puntillo extra de presión porque fui recomendada por una profesora de la facultad para que me aceptasen. Le prometí que iba a ser trabajadora, le aseguré que era consciente del gran desafío que supone la carrera y que estaba preparada para afrontarlo, y puesto que ella apostó por mí tengo la obligación de demostrar que hizo lo correcto. Pero también quiero probar que he sido aceptada porque valgo y no por tener ciertas conexiones. Por otro lado, saber que mis compañeros serán japoneses y coreanos en su gran mayoría tampoco ayuda, porque ellos están acostumbrados a sistemas educativos duros desde la infancia y siento que me llevan cierta ventaja. 

Estoy empeñada en dar lo mejor de mí misma y siento que nada de lo que hago es suficiente. Nunca antes en mi vida había estado tan segura de que quería algo. Por eso escogí Toiler on the Sea como título de esta entrada. Toiler on the Sea es una canción de The Stranglers que parece carecer de sentido, pero básicamente narra un viaje en el mar. Toiler significa "trabajador tenaz", que es precisamente como me siento yo ahora; y al igual que los protagonistas de la canción me enfrento a un "viaje" que me traerá no pocas cosas inesperadas (auque yo me desviva por prepararme). 

Escuchad la canción. Tal vez parezca una parida al principio, pero es original como ninguna y transmite mucha vitalidad. 




jueves, 27 de julio de 2017

26 de julio de 2017: update sobre mi estrambótica estadía en Mirador Mansion

Queridos lectores, puesto que ayer os di la lata con el marrón de mi penosa estadía en Mirador Mansion, qué menos que contaros el desenlace. 

La misma noche que escribí la entrada sobre Mirador Mansion, la pasé enteramente despierta para asegurarme de que las cucarachas no me atacaban mientras dormía. Así que pasé horas sentada en el centro de mi cama, y aparecieron tres cucarachas: la primera otra vez cerquísima de mi cama; la segunda en el suelo; y la tercera nada más y nada menos que en la ducha. Fue una noche durísima y sobre todo incómoda, pero estaba pensando en repetir todo la noche siguiente y pasar la noche del 26, o sea la de hoy, durmiendo en el aeropuerto. Pero al final decidí que la situación era inaceptable y a las ocho de la mañana llegué a la conclusión de que no podía soportar más aquello. Busqué el hotel con los comentarios más favorables en la zona de Tsim Sha Tsui, me preparé como pude para salir hacia allí y reservé la habitación por dos noches inmediatamente. Me salió caro (casi cien euros por noche) pero necesitaba recuperar mi salud mental y, sobre todo, sentirme segura. Cuando volví a Mirador Mansion le dije a la dueña que me quería ir. Su cara quedó inexpresiva, y lógicamente no hubo oposición ni preguntas. De hecho, cuando estaba a punto de irme, tuvimos una conversación y he de confesar que me ablandé. Primero le pregunté de donde era (en Hong Kong he aprovechado para practicar chino con gente de ciudades muy diferentes, así que me interesaba su procedencia) y me contestó que era de Hong Kong, pero su acento chino la delataba y me negué a creerlo. Se rio y me dijo que en efecto ella es china pero lleva en Hong Kong más de treinta años. Nos reímos. Me pidió perdón por las cucarachas y me dijo que habían hecho unos arreglos en la habitación vecina y que eso probablemente había afectado, porque las demás habitaciones estaban libres de cucarachas. Recordé las bolsas de basura que había visto tiradas al lado del ascensor y no me lo creí, pero aun así no me sentí capaz de odiarla. En realidad, sentía compasión: vivir en un sitio como Mirador Mansion no es fácil. Aunque para alguien de Hong Kong un sitio así sea "lo normal", es innegable que la actitud de la gente que vive allí y la de otra que está en zonas más agradables es completamente distinta. Obviamente, si ella ha tenido el dinero para comprar terreno en Hong Kong es una persona con medios, pero me pareció que eso es una maldición más que una bendición. Yo, personalmente, preferiría ser pobre y vivir en otro sitio. 







Mi nuevo hotel, Attitude, me parece casi un lujo. Tiene una decoración que es el sueño de todo hipster y los empleados se deshacen en atenciones conmigo. Fijaos en la foto de la cisterna. 






Esta tarde me he reconciliado con Hong Kong. Ayer estaba muy decepcionada y a punto de incluirla en mi lista negra, pero hoy todo cambió. Este viaje me ha dado una valiosa lección. Cuando llegué a Hong Kong lo hice convencida de que no tendría ningún problema para sobrevivir. Creía que por haber estado en un par de países y saber chino nada se antepondría en mi camino. Ahora entiendo que estaba equivocada y que necesitaba una buena dosis de humildad. Por eso no me arrepiento de absolutamente nada de lo que ha pasado, me siento en paz e incluso contenta y apenada por irme. Hoy, mientras disfrutaba de la Symphony of Lights, sentí que Hong Kong formaba parte de mí, que me había hecho madurar. Fue un placer hacer todo por mí misma, enfrentar nuevos desafíos y descubrir que viajar sola, al contrario de lo que siempre había creído, es una gran satisfacción. Estoy muy emocionada y eternamente agradecida. Como ya he dicho antes, Hong Kong no es la ciudad de mis sueños. Pero tiene un algo, un sabor único que de alguna manera cautiva a los extranjeros. Volveré. 





martes, 25 de julio de 2017

24 de julio de 2017: mi estadía infernal en Mirador Mansion, Hong Kong

Queridos lectores, los que me habéis seguido fielmente a lo largo de estos cuatro años seguramente habéis notado que soy una obsesa con las fechas. Independientemente del tiempo que haya pasado, publico mis entradas en orden cronológico, ya que en un principio mi blog fue pensado en formato diario. Sin embargo, por una vez he decidido hacer una excepción y compartir con vosotros mi desastrosa experiencia en Hong Kong, donde todavía estoy en estos momentos.

Empecemos por el principio. Me vine a Hong Kong cinco días más por obligación que por diversión. Tenía que arreglar unos papelillos (¡maldita burocracia!) y Hong Kong era el destino más cercano. Como estoy a punto de convertirme en estudiante y mi precaria situación económica me preocupa tanto que literalmente me está cayendo el pelo, (mi carrera es muy cara) decidí alojarme en un hostal (el típico hostal asiático con lo mínimo: una habitación donde solo cabe la cama y el baño de ducha sin mampara). Bien. Mi hostal se encuentra en un edificio "emblemático" de Hong Kong: el Mirador Mansion, que es muy parecido a su vecino Chungking Mansion. Ambos son construcciones muy viejas y decadentes habitadas, en su gran mayoría, por inmigrantes indios. En teoría son residenciales, pero en la primera planta hay algunas tiendas de productos indios (una de ellas incluso se especializa en saris), así que también se podría interpretar como una especie de bazar. 

Llegué a Hong Kong ayer a eso de las dos de la tarde. Por primera vez en cuatro años, hice un viaje yo sola. Había estado en Hong Kong antes, y aunque no es la ciudad de mis sueños intenté ponerle buena cara. Venía sin miedo y con ganas de conocer otros aspectos de la ciudad que había pasado por alto en mi primera visita, que fue bastante turística y superficial. Vine con entusiasmo, pero en cuanto llegué a la estación de metro de mi hotel me vine abajo de pronto. Se me había olvidado lo duro que es vivir en una ciudad como Hong Kong. Me sentí igual que mi primera vez en Taipei: sola, vulnerable e increíblemente torpe. Mi estación de metro, Tsim Sha Tsui, es una de las más grandes de Hong Kong y con más tránsito. ¡Parece un aeropuerto! Me sentí abrumada al momento y era difícil no chocar con la gente que no dejaba de ir y venir. Por suerte, encontré el edificio de mi hotel sin problemas y mantuve la calma cuando vi el espectáculo que tenía ante mis ojos. Lo que vino a continuación fue surrealista: el ascensor no funcionaba bien (o yo no lo entendía, probablemente fuera eso) y me perdí dentro del propio edificio, que no solo tenía un único hotel como yo creía, sino una decena de ellos. Di vueltas, pasé del ascensor, subí las putrefactas escaleras, me paseé entre tiendas de trajes hechos a mano de aspecto caduco y seguí tranquila. Pensé que Hong Kong es así, y que solo puedo aceptarlo. No estaba sorprendida e intentaba ignorar la basura que me rodeaba. 




En el hostal (o tal vez debería llamarlo hotel, ya que en realidad en Agoda figura como tal) las cosas no fueron a mejor. La chica que me atendió fue la única que me inspiró un poco de confianza pero ¡sorpresa! mi habitación estaba ocupada y me pidieron que esperase hasta las seis. Yo contesté amablemente que no podía esperar y que el check-in se podía hacer a partir de las dos. La chica llamó a su "jefe": un hombre indio vestido como si viniera del bar que ni se molestó en saludarme. Aunque no entendía la conversación, sus caras de fastidio dejaron en evidencia que no tenían ninguna alternativa para mí. Más tarde apareció la dueña, que al parecer es china y con quien me pude comunicar. Me ofreció otra habitación provisional para descansar, pero sin llaves, así que mantuve mi maleta fechada con candado y no me acomodé. La habitación era extremadamente fiel a las fotos que había visto cuando hice la reserva, pero aun así he de admitir que me sentía terriblemente incómoda. He estado en muchas habitaciones pequeñas antes, pero esta era realmente intolerable, así que después de descansar una hora más o menos, salí a tomar el aire e intenté deshacerme de las malas vibraciones que me había dado aquel sitio. Se me olvidó contar que suciedad y decadencia aparte, la entrada del edificio está llena de indios que se pasan las horas en las esquinas sin hacer nada, mirando a la gente y parándola por la calle para ofrecerles "cosas" (aclaración: no soy racista ni tengo nada en contra de los indios. Juzgo a las personas por sus actitudes, no por el color de su piel). 

Estaba triste, tenía una morriña impresionante y me sentía increíblemente sola y desprotegida. Por suerte estas sensaciones se suavizaron un poco cuando fui de paseo y encontré algunas cositas interesantes en ciertas tiendas. Pero me volvieron a dar problemas. Resulta que el hotelucho tiene dos áreas: una es la nueva y otra la vieja. Las fotos de Agoda son todas de la zona nueva pero a mí, sin previo aviso, me metieron en la zona vieja y cuando vi mi "habitación" casi me desmayé del espanto. No voy a describir la suciedad y lo viejo que estaba aquello. Me sentí al borde de un ataque de nervios. Me senté en la cama y miré al infinito, temblando. Aquel era un sitio de pesadilla. No aguanté más de una hora allí sin pedir un cambio. La dueña del hotel no levantó su mirada del teléfono cuando le hablé, hizo una mueca de fastidio y se quejó de que en la zona nueva había una habitación disponible "desde el principio" pero no me la dieron porque yo había dicho que mi reserva era para una habitación de dos camas. Me trató como una molestia en todo momento, me dijo que no pidiera otro cambio, e hizo muecas de desagrado. Comprendí que era de esas personas que no quieren ser molestadas y que allí no podía contar con nadie. Una vez en mi nueva habitación, seguí sintiéndome fatal toda la noche. No dejaba de pensar en aquella mujer de pesadilla. Tenía miedo de que apareciera de repente porque en realidad mi habitación pertenecía a otra persona y me mandase de vuelta a la zona vieja. Estaba temblando y no era capaz de dormir. El edificio del hotel y su gente eran tan "precarios" que no me sentía segura ni cómoda. Se me había metido en la cabeza que en cualquier momento aparecerían para echarme o que alguien forzaría la puerta para robarme o incluso acuchillarme mientras dormía. La mala organización me tenía con el alma en vilo. Estaba en una tierra sin ley y sabía que podrían hacer lo que les diera la gana conmigo. Mirador Mansion es un sitio donde reinan el pasotismo, la suciedad y el descontrol. Estuve aturdida y nerviosa toda la noche, no me atrevía a acostarme en la cama y me sentía totalmente fuera de control. Por si esto fuera poco, las paredes parecían de papel: no había demasiada intimidad y me obsesionaba la idea de que no estaba sola. También me sentía atrapada por el tamaño de mi habitación: vestirse, desvestirse y lavar la cara fueron tareas arduas. 

Pero lo mejor llegó por la mañana. Me desperté convencida de que la noche anterior mis preocupaciones habían sido pura paranoia. Estaba preparándome para una ducha cuando de repente descubrí que había una cucaracha correteando muy cerca de mi cama. Entré en pánico, pero al poco desapareció e intenté ignorar lo que había pasado. De repente la cucaracha estaba en mi cama. Fui a buscar a la dueña para exigir que quitase aquello de allí. No la encontré por ningún lado. Me quedé como una tonta en el pasillo, esperé. Apareció, y le conté lo que había visto. Reventé a llorar desconsoladamente y no osé entrar en mi habitación. Chillé al ver la cucaracha, y la dueña me dijo que no entendía mi reacción porque las cucarachas son "lo más normal del mundo". La aniquiló sin esfuerzo y cambió las sábanas. A mí me costó recuperarme del shock y empecé a buscar otros hoteles, pero tuve que abandonar. La media estaba en cien euros la noche y no me lo podía permitir de ninguna manera. Me planteé la posibilidad de volver a Taiwán antes de tiempo, pero era demasiado tarde para cambiar las fechas. Y ahora aquí sigo. El resto del día ha sido un gran fiasco, nada me salió bien, estoy agotada física y emocionalmente e ideando planes para quedarme despierta toda la noche y vigilar que no hay cucarachas en mi cama o dormir en el centro de la cama, sentada. 

Por otro lado, he sido capaz de sacar algo positivo de esto: me he dado cuenta de que Taiwán es un diamante en bruto y de que Hong Kong es la ciudad más idealizada y sobrevalorada de Asia. Ya fuera por la emoción de la primera vez o por el hecho de que me alojé en un sitio infinitamente superior a la pocilga donde estoy ahora, en mi anterior viaje no me di cuenta de la verdadera cara de Hong Kong. Es un sitio horrible, simplemente HORRIBLE. En Taiwán la gente es amable, educada, limpia y se preocupa por el binestar de los demás. Nunca me tengo que preocupar por nada. No me llega la hora de volver a mi precioso país y olvidar esta pesadilla para siempre. 

Para dejar las cosas claras, os comento que el "hotel" se llama Hung Kiu y está en el piso ocho de Mirador Mansion. Haceos un favor y si algún día decidís venir a Hong Kong gastad los cien euros que cuesta una habitación en un hotel decente o tendréis unas vacaciones clautrofóbico-paranoicas como las mías. Para terminar con la entrada os dejo estas maravillosas fotos, porque sé que las imágenes son mucho más poderosas y yo me quedo muy escasa de palabras. Mi novio lo ha descrito como un "campo de refugiados", y yo le doy la razón. En las fotos se ven el mostrador del "hotel", los pasillos de la planta ocho, y por último mi habitación en la parte vieja. Pasen y vean.