Después
de pasar por un mal trago me di cuenta de que necesitaba algo de paz, así que decidí
que lo mejor que podía hacer era visitar algún templo. El único que conocía
cerca de mi hotel es el templo más famoso de Taipéi: el de Longshan. Al contrario de lo que alguna gente cree, no es el templo
más antiguo de Taipéi, (el más antiguo es el de Guandu). Lo construyeron en
1738, pero lo tuvieron que restaurar varias veces por motivos diversos. Es un
templo que combina tanto budismo como taoísmo, aunque en realidad eso en Taiwán
no parece ser algo que tenga importancia. La religión aquí no es la cosa rígida
que conocemos en Europa, y, de hecho, incluso se adoran como dioses a personas
que existieron de verdad, como Matsu (la diosa del mar, que procede de China y
es muy venerada en Taiwán) o Confucio.
El
templo está cerca de una zona tan comercial como Ximen, por la que pasé antes de llegar. También pasé por una de las
calles más antiguas de Taipéi, que se llama Bolipiao.
Fui un domingo, pero no estaba tan lleno como esperaba.
Lo que
más me sorprendió de este templo fue su estructura, que no tiene nada que ver
con la de las iglesias europeas. Cuando me acerqué a sus altares y vi cómo
eran, me di cuenta de lo europea que es mi manera de ver las cosas.
Lo
primero que te encuentras cuando llegas es la puerta principal del templo, en
la que hay una pantalla digital con cosas escritas en chino. Lo normal es que
haya dos dragones a cada lado en lo alto, pero eso puede variar dependiendo del
templo que visites, aunque en el de Longshan
no faltaban, por supuesto. Los dragones están siempre por todas partes, aunque
en Longshan eso es lógico, ya que Longshan literalmente se traduce como «dragón de la montaña».


En
cuanto atraviesas la puerta principal, puedes ver unas mini cataratas
artificiales que no tienen nada de especial y, al otro lado, un estanque con un
dragón dorado en el medio. En la parte del edificio que se ve antes de entrar hay dos faroles rojos para atraer la buena suerte y, en las
columnas, más dragones. En cuanto a las puertas, (la otra puerta
es una entrada, que no una puerta real) hay dos a cada lado y son de madera.
Tienen pintadas las figuras de hombres imponentes que, si no me equivoco, están
considerados los guardianes del templo.






Cuando
entras, no te puedes meter dentro del edificio. Hay un espacio cubierto para
rezar, ofrecer velas o leer con estatuas de Buda y otros dioses delante. También
te puedes acercar a la otra parte del templo, que se ve desde ese espacio
porque está en frente, y en la que están los altares principales, a los que, como ya dije, no se puede entrar,
por lo que sólo puedes ver a los dioses a una distancia que a mí me pareció
excesiva. Creo que en realidad el hecho de que no se pueda entrar en el
edificio no se trata de una prohibición, sino que simplemente los templos están
diseñados así.
Detrás
de los altares principales, delante de los que hay un par de quemadores de
incienso (con dragones, ¡cómo no!) están los altares dedicados a las deidades
menores del templo, cuyos altares son más modestos.


Puesto
que había mucha gente rezando y, por no variar, yo era la única turista y se me
notaba a leguas, al principio apenas me atreví a sacar la cámara. Ponerme a
sacar fotos como una loca me parecía de muy mal gusto mientras aquella gente
rezaba y hacía sus ofrendas con tanta devoción. La religión asiática ha
conseguido despertar en mí una sensación de respeto e incluso admiración que la
religión católica que me impusieron desde pequeña jamás ha llegado a rozar. La
verdad es que me sentía como una invasora de su cultura, porque miraba pero no
participaba, y ellos se tomaban los rezos y las ofrendas muy en serio. Me
sentía como si estuviera cometiendo un crimen atroz cada vez que usaba la
cámara, (que además tiene un flash potente), pero a medida que fueron apareciendo
más turistas me fui soltando.
Había
gente de todas las edades ofreciendo incienso y rezando, e incluso algunos de
los pocos pijos y rappers que hay en Taipéi andaban por allí. Esto me llamó la
atención porque son gente que jamás te imaginarías siendo religiosa, pero estaban
allí ofreciendo incienso con toda su alma. Aun así, predominaba la gente mayor,
de hecho, algunas señoras debían pasar el día entero allí, porque estaban
tomando la cena sentadas en una esquina con mucha tranquilidad, como si
estuvieran en su casa.
La
mayoría de las ofrendas estaban en una mesa de mármol que se situaba justo
delante del espacio cubierto para rezar y demás. Entre las ofrendas había
flores, (predominan las orquídeas, que además se venden en los alrededores,
aunque también vi flores de loto y ramos de flores grandes cerca del altar
principal) frutas, y comida que se puede comprar en el supermercado, como por
ejemplo esta:
A mí me
pareció increíble que a alguien se le pudiera ocurrir ofrecerle eso a un dios,
pero parece ser que es algo bastante normal. También vi algún mala y, por supuesto, la gente también
ofrece incienso y velas. Las velas y el incienso son muy populares, y estas
fotos dan fe de ello.
Obviamente,
cuando los taiwaneses hacen una ofrenda siempre es para pedir algo a cambio.
Para hacer eso, se tienen que presentar al dios cuando rezan e incluso decirles
dónde viven. Cuando me acerqué al altar principal, había una mujer que parecía
estar contándoles a los dioses todas sus penas, ajena al mundo. Era muy
dramática y expresiva y se retorcía como si estuviera teniendo una experiencia muy
mística, ya que supuestamente estaba hablando con los dioses. Estaba de
rodillas, y eso me recordó mucho al cristianismo.
Esperaba
que hubiera música en directo con gente cantando a coro, pero tenían puesta una
música bastante repetitiva en unos altavoces. Que esperase eso demuestra una
vez más lo europeo de mi mentalidad, ya que tenía la esperanza de que
estuviesen celebrando algún tipo de ceremonia, como en las iglesias. Pero no.
La gente va al templo, hace sus ofrendas, reza y se va.
Por
último, debo mencionar una tradición que es muy popular aquí y que siempre he querido probar, aunque no me atreví porque me sentía como una intrusa y me parecía ridículo que una europea lo intentase,
aunque no tiene mucha ciencia. Se trata de coger dos piezas de madera y
tirarlas al suelo tres veces, si no me equivoco. Si las tres veces las dos
partes salen del mismo lado, puedes hacerle una pregunta a los dioses, que
contestan a través de unos palos con unos números. Dependiendo del número que
te toque, tendrás que coger un papel diferente con un mensaje que tal vez
necesite la interpretación de un adivino.
La
verdad es que me pareció un templo un poco pequeño. Esperaba algo más
grandioso, pero mentiría si dijera que me pareció feo. Lo que más me gustó
fueron los decorados del techo, que son muy coloridos. En ellos se puede
apreciar la antigüedad del templo.
Y os
preguntaréis: «Qué harán con la cantidad industrial de flores que deben recibir
a diario?» Pues las tiran a la basura sin
ningún miramiento. Creedme, lo vi con mis propios ojos.